Hay dolores que no sabemos dónde poner. Y cuando no encontramos palabras ni espacio para sostenerlos, el cuerpo y la mente buscan atajos para no sentirlos. El alcohol, otras sustancias o determinadas conductas pueden convertirse, sin que nos demos cuenta, en ese atajo: una forma de anestesiar lo que duele demasiado.
El dolor que no sabíamos nombrar
Muchas de las personas que acuden a consulta por una adicción no llegan hablando de adicción, sino de un vacío, una tristeza de fondo o una ansiedad que no cesa. El consumo apareció, en algún momento, como la única manera de bajar el volumen de ese malestar. Y funcionó, al menos durante un rato. Ahí está la trampa: lo que alivia rápido rara vez sana de verdad.
Anestesiar no es lo mismo que sanar
Anestesiar una emoción no la hace desaparecer, solo la pospone. El dolor que no atendemos sigue ahí, esperando, y suele volver con más fuerza cuando el efecto de la sustancia se retira. Con el tiempo, muchas personas necesitan consumir más para conseguir el mismo alivio, mientras el problema original —lo que de verdad dolía— sigue sin resolverse.
Qué hay detrás del impulso de consumir
En terapia, en lugar de centrarnos únicamente en «dejar de consumir», trabajamos en entender qué función cumple esa conducta: ¿te ayuda a dormir?, ¿a soportar la soledad?, ¿a callar una voz interna muy crítica?, ¿a no sentir el peso de algo que viviste? Identificar esa función es el primer paso para poder sustituirla, poco a poco, por otras formas de cuidarte que no te dañen.
Aprender a sentir sin esa anestesia
Este ejercicio te puede ayudar a empezar a tolerar la emoción sin recurrir automáticamente al consumo:
- Cuando notes el impulso, pon nombre a lo que sientes justo antes: «tengo ansiedad», «me siento solo/a», «estoy agotado/a».
- Coloca una mano en el pecho o el abdomen y respira lento durante un minuto, sintiendo cómo sube y baja.
- Permítete sentir esa emoción sin actuar todavía, aunque sea incómodo: las emociones, aunque duelan, no nos hacen daño por sí solas.
- Pregúntate qué necesitarías de verdad en este momento, más allá del alivio inmediato.
- Si puedes, comparte lo que sientes con alguien de confianza o anótalo. Poner palabras a lo que antes anestesiabas es, en sí mismo, un acto de sanación.
Sentir no es el enemigo, aunque durante mucho tiempo lo haya parecido. En A flor de ment trabajamos contigo para llegar a la raíz de lo que necesitas calmar, no solo para gestionar el síntoma, sino para acompañarte a sanar lo que hay debajo.



